Un cementerio, proyecto con poca esperanza

Autor: Oscar Díaz Arnau

Si las mariposas tienen paraíso, los cañones del Iñao deben ser el suyo. De todos los tamaños y colores revolotean su inquietud hasta las más sosegadas, las que se dan un tiempo para posarse en alguna hoja o en el arroyo cercano y así después seguir viaje.

La fauna y la flora se mantienen saludables gracias a la conciencia ambiental de los comunarios, la mayoría ancianos e infantes. Escasea la juventud por aquí.

“Antes, no había escuela y había niños. Ahora hay escuela, pero no hay niños”, abrevia la realidad de la migración Cristina Padilla, que trabaja en el pueblo y visita a su solitario padre siempre que puede porque no tiene vehículo y el camino a pie se hace largo hasta la comunidad de Aguadillas, 25 kilómetros al norte de Monteagudo.

A esa escuela, que tiene dos maestras y siete grados, asisten quince alumnos. Ellos se encomiendan todos los días a la Virgen de Guadalupe, patrona de Chuquisaca, cuya imagen fue donada por un concejal del municipio.

En otro cañón, el del Ingre, en el municipio contiguo de Huacareta, Lidio Colque trabaja como director del colegio de San Jorge de Ipati, estrenado hace poco. Él me revela que “se queda (en la zona) el 50 por ciento de los bachilleres egresados. El año pasado (2016) han salido once y se han quedado más o menos cinco”.

—Los que se quedan, ¿a qué se dedican? —le interrogo en medio de la bulla de los chicos que han salido al recreo. El reloj marca las 11:00. 

—Están por acá nomás, buscando su vida, no hay otra. No tienen recursos económicos para sobrevivir.

—¿Y de qué manera se ganan la vida?

—Trabajan por jornales en las haciendas, en apicultura, en los sembradíos de maíz…

 

Los que se van parten a Monteagudo, a Camiri, a Sucre o, los más ambiciosos, a Santa Cruz.

A propósito de la migración y de la extrañada ausencia de jóvenes, en su apacible finca del Zapallar, costera de la flamante ruta diagonal Jaime Mendoza (afueras de Monteagudo), un conservacionista argentino casado con una camireña descendiente de alemanes, Jorge González, me cuenta, a manera de anécdota, que en una reunión de comunarios a alguien se le ocurrió preguntar:

—¿Qué proyectos podemos hacer en las comunidades?

Recibió esta respuesta:

—Cementerio.

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