‘Don Boni’,

un líder nato en un pueblo
de niños y de longevos

Autor: Oscar Díaz Arnau

‘Don Boni’, como lo conocen todos, es alguien respetado en la comunidad guaraní, un líder nato. Con 52 años y una sonrisa que denota picardía y a la vez generosidad.

A Don Boni lo he perseguido todo el día.

“No es tiempo”, me esquiva.

‘Don Boni’, como lo conocen todos, es alguien respetado en la comunidad guaraní, un líder nato. Con 52 años y una sonrisa que denota picardía y a la vez generosidad, Bonifacio Rivera Chávez ha ocupado cargos importantes en su vida de dirigente indígena y en San Jorge de Ipati, desembocadura de uno de los cañones, el del Ingre, cualquier pregunta es redirigida a él. Por sus conocimientos de largo alcance, según ellos. Yo creo que por respeto.

Mira al piso, Don Boni. Es un hombre cabizbajo. Medita hasta cuando bromea. Hasta cuando no medita nada.

Hoy enfundado dentro de una camiseta de The Strongest (él dice que por casualidad, que se la obsequiaron, que tiene otra del Bolívar y algunas más de clubes internacionales) es el depositario de la palabra que todos escuchan y lo demostrará más tarde en una reunión zonal que, de no ser el tinglado del colegio, hubiera acabado con las cabezas de los participantes rajadas por el sol.

Don Boni, invariablemente, como todos, masticando coca, es también la persona de las historias para contar a los recién llegados:

“Una vez llegó un gringo músico”, comienza a contar para mí y para los suyos, que le atienden como si escucharan la historia por primera vez. Estamos reunidos en torno a un rústico pedazo de madera que hace de mesa al aire libre, debajo de un cobertizo. Son las 10:30 y desayunamos café con humintas, en chala y sin la envoltura de la mazorca. Más tarde almorzaremos lagua de choclo con choclo. “El gringo llegó a la oficina de Monteagudo”, dice Don Boni, que toca el violín.

 

—Estoy buscando a tal persona.

Lo buscaba a él.

—Yo soy, le digo. Era el tiempo de los Cuerpos de Paz. Lo traje aquí. En ese tiempo todavía funcionaban los teléfonos a cuerda y le he dicho, me acuerdo, que si quería podía llamar a su país.

Ahora en la comunidad de San Jorge de Ipati, cantón Rosario del Ingre, municipio de Huacareta, en Chuquisaca (Bolivia), solo hay un teléfono público y de los antiguos. (Durante mi estadía, de pronto aparece una camioneta de Entel y un empleado de la estatal de telecomunicaciones me dice que había recibido la orden de conectar el servicio de telefonía celular en esos días. Y que como no había tendido eléctrico hasta la antena, que está a unos cien metros del tinglado, para cumplir la orden, entretanto, colocarían paneles solares).

Reconozco en el común del guaraní un carácter jocoso, aunque me cruce de vez en cuando con algunos rostros avinagrados (un hombre pasa con un plato de lagua en la mano y de soslayo se manifiesta en contra de la presencia de un periodista en la comunidad. Y si lo dice en castellano, pudiendo haber escogido el idioma materno, será para que lo tenga yo bien claro).

Chuquisaqueños al fin, en el cañón del Ingre son propensos a la ocurrencia de los apodos. ‘Caure’, le puso Don Boni al gringo músico, por chiquito. “Así se ha ido, ‘Caure’, como el pajarito”, sonríe mostrando un poco del blanco de sus dientes carcomidos y del verde de la coca masticada. Caure, el ave de paso, se fue y no ha vuelto más.

Antes, dijo que Caure no quiso llamar por el teléfono a cuerda, pero sí grabó un video en un sistema que no recuerda y que alguien de la comunidad le sopla erróneamente (era imposible para la época) socorriendo a su memoria esta vez huidiza: no muy convencido (y hace bien), sostiene que el pajarito mandó las imágenes en las que ambos hacían música, a Estados Unidos, por WhatsApp. Y después se emociona, más o menos, recordando que el gringo volador le regaló un violín.

Después rememorará cómo hasta Ipati llegó otro “periodista gringo”, del Bolivian Times, en bicicleta. Y que “el Príncipe de Dinamarca tenía que llegar hasta aquí, pero no ha llegado, ha llovido fuerte y hasta Monteagudo nomás”. Eso sí, “el que llegó hasta aquí fue el Presidente (del Gobierno) de Navarra y la Embajadora de Inglaterra, en el 96. Ella nos dijo: ‘Quiero ir a visitarlos, pero no quiero que avisen a nadie, ni al Prefecto’. No hemos avisado a nadie”.

—Usted tiene buena memoria —le digo para lisonjearlo un poco y darle manija. Pero…

—Cuando no tengo coca, no quiero hablar. ¡Y no veo tampoco! —risotada general.

Después, cambiamos de tema. Mejor.

—¿Qué música toca en el violín? ¿Algo de su pueblo, de creación propia?

—Sí, pero depende, si están puro ‘karaï’ (‘señor’, término que refiere al hombre blanco), te lo toco chacarera, merengue, rock…

“Salsa”, le dicta una mujer y todos vuelven a soltar una carcajada. Asegura que también rasga la guitarra y empuña el erque y el caño.

Un pueblo de longevos

Pasa un anciano que a simple vista se le podrían calcular por lo menos 90 años de edad.

—¿Puedo hablar con él?

—¿Cuánto me pagas? —dice el más atrevido de mis interlocutores, de unos treinta y cinco años. Él también es capitán, lo que significa que fue elegido por su comunidad para que la representase en el Consejo de Capitanes Guaraníes de Chuquisaca.

Un poco en broma, un poco en serio, la alusión a la recompensa económica es permanente.

Tal vez porque no tengo coca para regalarle, Don Boni evade mi interés por conocer a doña Amalia, su suegra que, según el médico de la zona, Percy Leniz, tiene 101 años. A ella la persigue en edad otra mujer de más de 90. Pero el mismo Bonifacio Rivera Chávez, todo un personaje en este pueblo de longevos, le baja el perfil a la suegra confiándome que en Huacareta tiene un tío de 110 años.

De los cuarenta y cinco ancianos que atiende el doctor Leniz, veinticuatro corresponden a Ipati. “A su edad, deberían estar con enfermedades no transmisibles como hipertensión, diabetes o artritis, pero solo el 1 % de estas personas tienen esos males”, confirma el galeno de la posta sanitaria.

—¿La clave de su longevidad está en la comida que consumen?

—Sí, yo pienso que es por la alimentación que recibieron desde un principio. Ellos comen, sobre todo, cumanda blanca (poroto) y maíz, después papa, yuca. Aunque estamos en el Chaco, no se come mucha carne en este sector —responde Leniz.

Hay muchos niños y muchos ancianos. Pocos jóvenes. Estos no aguantan mucho tiempo sin conocer la dignidad económica de las ciudades más próximas: Monteagudo, Camiri, Santa Cruz, Sucre, y tarde o temprano parten en busca de oportunidades de trabajo. Cuando vuelven, de visita, sienten que no han perdido sus raíces, pero el dinero ahorrado no sirve para evitar el asalto de la transculturación.

Cecilio Tardío Chávez (39) estuvo en la primera promoción de bachilleres del Ingre: “Hemos salido ocho y son pocos los que estamos apoyando aquí en la zona, la mayoría se ha ido a otros lugares. Faltan muchas oportunidades y por esa razón los jóvenes se van a las ciudades, en busca de trabajo”.

A todo esto, ante la expectativa de unos diez o quince de sus más fieles escuchadores, que no se le despegan para nada, como no queriendo desperdiciar minuto de él, Don Boni, con la polera del Strongest ya no por azar sino por “cazador de tigres”, me ha pedido amistosamente que nos sentemos en un pedazo de césped, al lado del tinglado donde cuatro changos pelotean felices con la inscripción de fondo en la pared: “No a la droga, sí al deporte”.

Entre los guaraníes, entre los chicos guaraníes —que a veces son chicas también—, la felicidad tiene un rostro global, de balón de fútbol.

 

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