El hombre
que vive solo

Autor: Oscar Díaz Arnau

Don Félix Padilla, 72 años, es un ser adorable que vive solo en una modesta choza situada en el último confín de la tierra sauceña, en Aguadillas, comunidad del norte de Monteagudo.

De un riachuelo que está al pie de su choza se provee de agua todos los días sin más compañía que la de sus vacas ariscas (desacostumbradas a las personas, a él nomás le hacen caso), unos perros y un gato.

A cien metros, sobre la montaña, Cristina, su hija, ha montado un apiario con cajas llenas de abejas.  Pero las “señoritas” (especie nativa muy apreciada, tanto que en el mercado su miel se cotiza a precios varias veces superiores a la común) están apartadas, en uno de los rústicos compartimientos de la casita de don Félix.

Cristina y su padre están atentos al aviso del canto de la gallareta. Cuando escuchan el clásico sonido enérgico de esa ave silvestre, saben que lloverá en uno o dos días.

Don Félix Padilla, 72 años.

Don Félix Padilla, 72 años.

Apiario con cajas llenas de abejas

Apiario con cajas llenas de abejas

Dentro del parque Iñao también hay asociados que trabajan la miel, una industria en franco desarrollo y con gran potencial en las provincias Hernando Siles y Luis Calvo, allí donde se asienta el pueblo guaraní en Chuquisaca (sur de Bolivia).

De hecho, en las afueras de Monteagudo está la empresa pública PRO-Miel, que manejada por el Estado acopia la producción de cada vez más asociaciones locales y la distribuye a todo el país.

A una de esas asociaciones pertenece Cristina Padilla, comunicadora egresada de la Universidad San Francisco Xavier, en Sucre, que se resiste a la burocratización del lenguaje y por eso me explica que ahora los apicultores dicen “cosechar la miel” pero antes, dicen los de antes, esa aparente sofisticación (“cosechar la miel”) era llanamente “melear”.

Su padre, don Félix, no tiene celular. Para qué. De nada le serviría porque donde vive no hay señal. Viste una polera de Boca Juniors que está vieja pero impoluta debido a su hábito de costurar su propia ropa.

Cristina me contó que él y su madre se separaron después de 25 años de estar juntos. Don Félix nunca quiso entablar una nueva relación con nadie por amor a sus hijos.

“Si hay otra mujer, seguro les a mostrar caras a ustedes”, dice Cristina que su padre le comentó una vez.

Ella no me lo dice, pero creo que después del fallecimiento de su madre, hace un par de años, no pierde la oportunidad de retribuir el sacrificio de su padre.

Don Félix, el hombre que vive solo allá donde el mundo no admite celulares, es un tipo amable desde los ojos. Y se lo merece.

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