La vida en comunidad y el recuerdo de los patrones

Autor: Oscar Díaz Arnau

De los guaraníes se dicen muchas cosas: que son flojos, que son hechiceros, que son desconfiados, que son violentos, que son “una plaga”.

Campesinos consultados sobre su relación con los indígenas de la zona, en un encuesta levantada en 2005, respondieron: “ellos vienen a robar”.

En justicia, con las visitas y en comunidad son muy amables. Se ven tranquilos y las mujeres y los niños sonríen casi todo el tiempo, como parte de una vida aparentemente relajada.

El potosino Percy Leniz, joven médico de la posta sanitaria de San Jorge de Ipati, defiende la calma que hoy demuestran los guaraníes asegurando que no suele conocer casos de violencia machista entre las familias de esta comunidad de Huacareta, municipio vecino de Monteagudo, departamento de Chuquisaca (sur de Bolivia).

Unos viven en casas de adobe, otros en pahuichis (cañahueca, palo y barro), y algunos disfrutan de la vistosidad del tejado.

Leniz asegura que no hay vinchucas gracias al mejoramiento de vivienda impulsado por el Gobierno en los últimos años. “Les han dado techos (la mayoría con tejas), solo tenían que hacerse adobes”.

Ahora, según el médico, están pidiendo que llegue el programa “Mi Vivienda”, con el que los pobladores pondrían piedra y arena mientras que del resto se haría cargo el Estado.

Solo así desaparecería el adobe, todo un símbolo en el campo e incluso todavía en las ciudades. “Pero es un poco difícil que entre hasta aquí algún proyecto”, agrega Leniz.

 

Dice que cuando llegó a la zona, hace un par de años, la mayoría de los males eran “impéticos” (patología infecciosa cutánea causada por bacterias), como sarnas en el cuerpo.

Heriberto Ruiz, responsable del área de Tierra, Territorio y Recursos Naturales del Consejo de Capitanes Guaraníes de Chuquisaca (CCCH), recuerda: “había harta enfermedad. Solamente las haciendas de los patrones eran bien construidas, pero de los trabajadores eran como quiera. Grave era la situación de nosotros. Hemos ido cambiando las cosas pero falta, 50 por ciento (de las casas), para mejorar más”.

Evidentemente los indígenas recibieron apoyo del Gobierno, pero, aclara Ruiz, “ellos han hecho adobe, todo, ellos han construido”.

Por los cañones

En esta mañana de reunión zonal, una mujer de hablar cansino es la que atiende a todos. Mientras sirve el almuerzo, que es una sopa de pollo criollo acompañada de cumbaro (ají), a la espera del final del cónclave me dice que de niña junto a sus padres vivía en Itacua (Santa Cruz).

Ahora tiene unos 30 años y, pausadamente, me cuenta de la época de las haciendas y de los esclavos.

—¿Qué recuerda de esos tiempos?

—Todo (se ríe). Varios eran los que trabajaban ahí. Todas las propiedades eran del patrón.

No es tímida; pero aquí las mujeres hablan lo justo y necesario. Calcula que vivió en la hacienda hasta sus diez años. Dos décadas más tarde, sus dos hijos comparten travesuras con otros niños guaraníes en libertad. Sienten la comunidad pasando de una cabaña a otra porque están juntas, sin vallas arquitectónicas, y no tienen patrón.

La mujer que sirve la comida

—Cada uno se siembra lo que puede. Se hacen aportes en bien común, por ejemplo, para las reuniones o si hay visita. Ya sale de ahí.

Hoy, hay reunión y visita. Lo que comemos sale de ahí, del aporte común.

Luego me explica que el dinero es manejado por la “directiva”. Y que, según los requerimientos de la comunidad, se dispone la compra de semillas y otros productos. Me cuenta de algunas de las comidas que preparan habitualmente:

—Comida de zapallo, cumanda, fideos…

—¿Carne?

—Ah, igual carne.

Esta mujer dedicada confirma que entre adultos hablan casi todo el tiempo en guaraní. “Pero antes no sabían castellano, solo el patrón sabía; ahora la mayoría ya sabe. Hoy en día (sobre todo con sus hijos) hablamos los dos (idiomas)”.

La vida transcurre en semejante paz que me nace una pregunta de ingenuos:

—¿No tienen problemas aquí?

—¡Hay!, no faltan.

El pasado sábado los comunarios eligieron quiénes cocinarían para los capitanes guaraníes. Tres horas de reunión no es mucho: “a veces (se prolongan por) cuatro días, cinco días (consecutivos), a veces no se puede solucionar y hay que seguir nomás”, recuerda para mí uno de los que van llegando como cuentagotas a la mesa; el sol pega fuerte hacia el mediodía en cada marzo.

El mismo que me habla del tiempo de las reuniones me dice que no podrían aguantar sin mascar la coca. Verde es la hoja que todo indígena —de tierras bajas o de tierras altas, sin distinciones— tiene siempre a la mano y que hasta recién, en Ipati, mantuvieron en la boca los hombres reunidos.

—¿A qué se dedican las mujeres?

—A todo —prosigue la que no malgasta palabras—. Cocinan, lavan, cuidan a los niños, hay que ayudar al potrero, ver los chanchos, las vacas, llevar comida.

—¿Trabajan en el campo?

—Claro, pero mayormente los hombres, porque los hijos van al colegio y la madre se queda a cocinar. A esperar con el almuerzo. El hombre trabaja (y vuelve) a comer igual.

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